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LA TAGUIA Y EL BACALAO

Emilio Al Kasraui | بتاريخ 14 مارس, 2012 | قراءة

 

A la vista del título cualquier observador se preguntará ¿Qué tienen que ver la taguía y el bacalao? Al bacalao ya lo conocemos todos, se trata de un pez teleósteo, comestible y se conserva prensado y salado, pero ¿Qué es la Taguía, se cuestionarán algunos ?1

Antes de entrar en “harina” trataré de explicarlo

 

Se trata de una especie de  medio bonete, parecido al que usaba el Padre Piñeiro, que solían llevar en la cabeza los “morillos” de mi pueblo. No era, ni más ni menos, que un diminuto sombrerete tejido con lana de colores con unas figuras geométricas, casi siempre con formas romboidales

No sé si yo tendría entonces diez o doce años.  El caso es que a los niños del barrio se nos ocurrió organizar un circo, imitando a esos que una o dos veces al año recalaban en Alcazarquivir y plantaban la carpa en la Plaza del Teatro. Naturalmente nuestro circo carecía de fieras. Ni elefantes, ni caballos amaestrados, ni focas, ni tigres, ni leones, ni nada por el estilo; si acaso los únicos animales pudiéramos ser nosotros, los niños. Cada uno se imaginaba su cometido; según la habilidad ejercía como malabarista, trapecista, payaso, domador, contorsionista…………y cuantas especialidades artísticas pudieran ser compatibles con el  oficio circense, pero………………… para poder formar parte de la troupe era condición indispensable el llevar taguía, ya que ésta sería la señal que identificaría al “artista”

Cada uno por su cuenta se dio un paseo por la calle Real visitando los bakalitos donde se confeccionaban y vendían los sombreretes, tomando nota  “in mente” del colorido y del precio.  El caso es que algunos consiguieron de sus padres que les compraran la taguía y se pavoneaban ufanos haciendo patente su condición de artistas circenses. Otros, aunque al principio les fue negado, a fuerza de insistir, también la consiguieron. No fue éste mi caso, no. Cuando se lo planteé a mi madre la negativa fue rotunda. A santo de qué necesitas tú un “gorrito”, me contestó. Dedícate a estudiar, que eso sí te valdrá para el día de mañana, y no pierdas el tiempo en juegos malabares que no te reportarán beneficio alguno

Pasaba el tiempo, todos los amiguetes con taguía y yo sin ella. Me consideraba un “apestado” excluido del grupo por no tener cubierta la cabeza con la seña de identidad del circo. Pero ¿De dónde sacaba yo el dinero? ¡Nada menos que seis reales! Sí, aquellas monedas de níquel cuyo valor eran 25 céntimos de peseta y se caracterizaban por tener un agujerito en el medio. Algo habrá que hacer,  pensaba ¿Pero qué? Me imaginé una serie de alternativas: Trabajar no podía ser puesto que no admitían a los menores de edad. Ponerme duro y decirle a mi madre que si no me daba las “perras” dejaría de comer y me moriría; no ese argumento no era válido puesto que ¿Y si me iba al infierno, por desobediente? Pero claro, de tanto pensar en el infierno se me cruzó Lucifer y me susurraba: Vamos cobardica, si son seis monedas de nada ¿Quién lo va a notar? Y me convenció, en mala hora me convenció, y en un descuido, al pasar junto al cajón de la tienda, se me pegaron a la mano los seis reales y……….,¿Qué iba a hacer, soltarlos? ¡Si yo no los cogí, es que vinieron a mí! Así que marché a la calle Real, me compré la taguía y a presumir de artista circense, teniendo buen cuidado de que no me vieran en casa, ya que bien sabía de la rigurosidad de mi madre en lo tocante al “parné” y siempre nos decía: Al cajón  ni tocarlo, que es menor de edad. Desgraciadamente para mí a los pocos días la confianza me hizo relajarme y mi madre, sin buscarla, encontró la taguía

La conversación que siguió fue, más o menos así: Ven aquí zagal, éste gorro de lana ¿De quién es, no será tuyo? No mamá, es que me lo ha prestado Juanele, le contesté. Así que de Juanele eh, pues mira por dónde viene con el suyo puesto. El mundo se me vino abajo, pasé del rojo al verde y del verde al amarillo. ¿Tú no sabes que el apropiarse de las cosas sin permiso es un robo? ¿No te das cuenta de que tu mala acción supone el que ya no pueda confiar en ti? Pero es que lo hice sin darme cuenta, susurré. ¿Sin darte cuenta, eh? Ven aquí que te vas a enterar. Yo retrocedí. Mi madre echó una mano a lo más próximo: Una bacalada que tenía sobre el mostrador, y avanzó hacia mí. Inicié la carrera hacia ninguna parte, pues me cortó la retirada y me arreó unos bacaladazos desmigando el pez en mis espaldas.  Y yo a mi vez llorando y pidiendo perdón asegurando que no lo haría más. Fue tal mi vergüenza y mi arrepentimiento que jamás, y digo bien, jamás he tomado algo  que no haya ganado con mi trabajo y el sudor de mi frente

. Ese día en mi casa se comió bacalao

Emilio Al Kasraui,  2 de marzo de 2012

 

Cuadro de Francisco Díaz Tripiana *

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